martes, 22 de abril de 2008

JARDINERO

Sucedió esta mañana cuando, somnoliento y renqueante, me dirigía a mi trabajo. Al llegar a un pequeño espacio de tierra donde hay unos bancos que a veces sirven para el relajo, vi que el afanoso jardinero del barrio lo acababa de limpiar i había pasado un rastrillo, dejándolo inmaculado. Satisfecho miraba su trabajo y en verdad que lo había hecho bien.

De pronto, un joven se adentra en la pequeña plaza seguido de su perro. El can, ajeno a todo, deja el regalito de sus excrementos. Yo miro la escena sin dar crédito y ante mi sorpresa veo que el joven no hace nada  y reinicia su camino seguido del perro, ya más aliviado.

El desconcertado jardinero tampoco da crédito y lanza su protesta buscando la comprensión y la ayuda moral de algún viandante. Yo, atónito, escucho las quejas del buen barrendero que ha visto su trabajo mancillado de una forma absolutamente injusta. El muchacho, ante la repetición de las quejas, se gira y lanza un improperio que no llego a entender. El jardinero está fuera de sí y se aleja del lugar, probablemente no quiere tener un altercado con el incívico ciudadano.

Cruzo a su lado y le miro con respeto y admiración. Quiero decirle que no hay derecho, pero no lo hago, tal vez para no avivar la justa rabia que le corroe. Mientras tanto el muchacho sigue alejándose con su perro, que ajeno a lo que acaba de hacer, mueve la cola animadamente.

Sigo mi camino y durante un tiempo pienso en lo que acabo de ver y llego a la conclusión de que algo está fallando en nuestra escala de valores, cuando no somos capaces de respetar el trabajo bien hecho y encima queremos tener razón.

De vuelta a casa por la tarde he pasado por el lugar del incidente otra vez y he visto de nuevo la pequeña plaza limpia. El anónimo jardinero, sin duda, había olvidado su rabia y la había limpiado. En mi interior le he dado las gracias, pues creo que se las merece y he pensado que son personas así las que haciendo bien su trabajo nos hacen la vida más humana y agradable.

 


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