domingo, 20 de abril de 2008

MENSAJE EN UNA BOTELLA

 

Caminaba arrastrando sus años por la calle mojada. El hombre hacía tiempo que vivía solo y cada mañana salía de su casa y se dirigía a la orilla del mar para ver si éste había dejado alguna botella con algún mensaje. Aquella noche había llovido y  el viento había levantado olas muy fuertes, se notaba en los destrozos que había hecho en la playa. Sonrió satisfecho al ver el espectáculo. Seguro que aquella mañana encontraría el mensaje esperado durante tantos años. Miró atentamente todo lo que el mar había ido devolviendo. Plásticos, algas, trozos de madera, latas y también alguna botella, pero todas estaban vacías y sucias. Tampoco aquella mañana había habido suerte.

Miró la inmensidad del mar y dando media vuelta se dirigió como cada día al único bar que abría todos los días del año y en el que tomaba un café y una copa de orujo. Se sentaba junto a una mesa que había en un rincón y con la cabeza vencida y los ojos tristes, consumía lo que había pedido. A veces hablaba con la dueña, que seguía su búsqueda con la misma intensidad que el mismo. “¿Tampoco hoy ha habido suerte, señor Antonio?” Le había dicho la mujer. El movió la cabeza sin articular palabra. Pero aquel día, otra persona era testigo de aquella conversación casi sin palabras. Una mujer que llevaba varios días observando a aquel hombre y su manera de actuar.

Cuando el hombre se fue en silencio como había llegado, la mujer le preguntó a la dueña por el hombre que acababa de marchar. Ésta le explicó que desde hacía años acudía a la playa esperando encontrar algún mensaje de su esposa, que se había ido un día de viaje en un barco y no había vuelto. También le explicó que mientras habían estado juntos habían sido la envidia de todos por el amor que se profesaban y por lo felices que eran. Por eso él convencido que su amada debía estar en algún lugar y que algún día le enviaría algún mensaje anunciándole que volvería a su lado. Si el mar se la había llevado, el mar se la devolvería.

La mujer se marchó del establecimiento presa de la emoción por la historia que acababa de escuchar. Le parecía imposible que cosas así pudieran ser verdad, pero estaba segura de que aquella historia era cierta. Estaba convencida que tanta fe se merecía una recompensa.

Una semana más tarde, el hombre entró en el bar gritando como si hubiera encontrado un tesoro. Llevaba en sus manos una botella. La dueña del miró pensando que se había vuelto loco. El hombre le pidió un sacacorchos, por nada del mundo quería romper aquella botella. Con manos temblorosas quitó el tapón a la botella y extrajo el papel que había dentro. Se dirigió a su rincón y se dispuso a leer el mensaje que tantos llevaba esperando. La expresión de su rostro pasó de la emoción a la tristeza más absoluta.

Sin decir nada ni dar explicación alguna, se levantó y como si estuviera bajo los efectos de algún hechizo, se encaminó a la orilla del mar y comenzó a adentrarse en las frías aguas. No tardó en desaparecer, las profundas aguas se lo tragaron. El hombre no sabía nadar.

Sobre la mesa del bar había dejado la botella y un papel que decía “Antonio, mi amor, no esperes más. Te esperaré yo en cielo”.

Dos días más tarde, el mar devolvió a la playa el cadáver del hombre. Cuando lo recogieron a su lado había una botella con un papel dentro. El mensaje era el mismo que Antonio había encontrado dos días antes.


Comentarios

Añadir un comentario