Que llueva, que llueva...
El agua potable está pasando de ser un bien público a un bien privado o casi privado. Alguien dijo que las guerras del futuro serían por el control del agua. Parece ser que esta frase amenazante va camino de convertirse en realidad. Al menos, así parece en Cataluña, donde los políticos andan a la greña por culpa del ansiado líquido. Trasvases sí trasvases no. Que si en barcos, que si en trenes, que si en botijos. El caso es que han comenzado las restricciones mientras los pantanos se secan y las conducciones siguen perdiendo miles y miles de litros diarios. Hasta el arzobispo de Barcelona dice que ha inventado una oración para que los fieles creyentes la recen y se produzca el milagro de la lluvia. Si surte efecto lo de la oración, esto se va a convertir en el país de los prodigios.
De cualquier manera y bromas a parte, el problema es grave y los zarpazos de insolidaridad social están empezando a brotar como las setas en los otoños que llueve. Todos quieren preservar este preciado bien para ellos y a poder ser, convertirlo en una moneda de cambio o en artículo de primera necesidad sometido a los vaivenes del chantaje político, social y económico.
Barcelona y su área metropolitana aglutina a la casi totalidad de la población de Cataluña y está empezando a verse perjudicada por la pertinaz sequía cuando según estudios ha sido y sigue siendo una población concienciada con el problema del agua y desde siempre respetuosa con dicho problema. Por ello creo que se merece algo más que palabras y demagogia a la hora de solucionar esta desagradable situación.
No sé si lo políticamente correcto serán los trasvases, las desalinizadoras o las rogativas por los caminos y predios del territorio, pero hagan algo y déjense de tirarse cubos de agua a la cabeza, porque si no acabaremos cantando aquello de “que llueva, que llueva, la virgen de la cueva, los pajaritos cantan, las nubes se levantan…” que no sé muy bien que narices quiere decir.

