¿Racismo o xenofobia?
¿RACISMO O XENOFOBIA?
El hombre estaba sentado en una terraza del paseo marítimo tomando un café y contemplando el mar que parecía una plácida sábana azul en aquella mañana soleada del atípico invierno mediterráneo. Se sentía feliz en su mundo en el que podía permitirse pequeños lujos y algunos caprichos después de años de trabajo. Vivía en la vieja Europa y no había tenido que emigrar fuera de su país para ganarse las habichuelas, aunque si había tenido que huir de su pueblo perdido en la España profunda para no morir de hambre físico y espiritual. Pero eso no había sido emigración, pues no había tenido que cruzar ninguna frontera política. Así pensaba orgulloso, mientras los oblicuos rayos del sol invernal acariciaban su rostro recién afeitado y con un suave aroma a masaje. A su lado, otras personas como él gozaban alegremente de la luminosa mañana y hablaban de temas intrascendentes.
El hombre acabó de tomar su aromático café, sin duda producto del esfuerzo y el sudor de algún trabajador de algún país de África o de América al que las multinacionales del café explotaban miserablemente, pero eso a él no le preocupaba. Tomó el diario y pasó su mirada por la primera página que como casi cada día ofrecía la sempiterna noticia de un nuevo atentado con un sinfín de muertos en Irak. Aquel lugar perdido le quedaba algo lejos, pero le molestaba desayunarse cada día con una noticia casi siempre igual. En su fuero interno pensaba que la culpa de todo la tenían los propios habitantes del país que, desagradecidos y orgullosos, no querían aceptar la oferta que les ofrecían los americanos y europeos, allí presentes, cuando les llevaban la libertad y la democracia.
La noticia de una masiva llegada de inmigrantes en cayucos a las costas españolas le hizo revolver el café en su estómago satisfecho. No hay derecho, se dijo, al paso que vamos nos van a echar de aquí. De pronto una sombra negra se interpuso entre él y los rayos de sol que hasta entonces le habían estado calentando plácidamente. Levantó los ojos para ver quién osaba privarle del merecido placer de disfrutar del astro rey y se encontró con un muchacho de raza negra, de ojos inmensos y cara desnutrida, que le ofrecía una serie de películas en formato dvd. Lo miró de arriba a bajo como si fuera un bicho raro y acto seguido gritó al camarero. El muchacho, al ver la actitud, comprendió que podía tener problemas y desapareció. Cuando el camarero hizo acto de presencia, el hombre le preguntó indignado si en aquella terraza no se podía tomar una café tranquilo. El camarero compungido le pidió excusas, mientras trataba de explicarle que el paseo era un lugar de libre paso y que él no podía hacer nada para impedir aquel tipo de venta.
Sofocado por el incidente, el hombre pidió otro café y se dispuso a seguir leyendo el periódico. Al llegar a la sección de deportes, su cara se alegró, su equipo había ganado. En su equipo más de la mitad de los jugadores eran inmigrantes y algunos de raza negra, pero éstos no habían llegado en cayuco jugándose la vida.
El hombre estaba sentado en una terraza del paseo marítimo tomando un café y contemplando el mar que parecía una plácida sábana azul en aquella mañana soleada del atípico invierno mediterráneo. Se sentía feliz en su mundo en el que podía permitirse pequeños lujos y algunos caprichos después de años de trabajo. Vivía en la vieja Europa y no había tenido que emigrar fuera de su país para ganarse las habichuelas, aunque si había tenido que huir de su pueblo perdido en la España profunda para no morir de hambre físico y espiritual. Pero eso no había sido emigración, pues no había tenido que cruzar ninguna frontera política. Así pensaba orgulloso, mientras los oblicuos rayos del sol invernal acariciaban su rostro recién afeitado y con un suave aroma a masaje. A su lado, otras personas como él gozaban alegremente de la luminosa mañana y hablaban de temas intrascendentes.
El hombre acabó de tomar su aromático café, sin duda producto del esfuerzo y el sudor de algún trabajador de algún país de África o de América al que las multinacionales del café explotaban miserablemente, pero eso a él no le preocupaba. Tomó el diario y pasó su mirada por la primera página que como casi cada día ofrecía la sempiterna noticia de un nuevo atentado con un sinfín de muertos en Irak. Aquel lugar perdido le quedaba algo lejos, pero le molestaba desayunarse cada día con una noticia casi siempre igual. En su fuero interno pensaba que la culpa de todo la tenían los propios habitantes del país que, desagradecidos y orgullosos, no querían aceptar la oferta que les ofrecían los americanos y europeos, allí presentes, cuando les llevaban la libertad y la democracia.
La noticia de una masiva llegada de inmigrantes en cayucos a las costas españolas le hizo revolver el café en su estómago satisfecho. No hay derecho, se dijo, al paso que vamos nos van a echar de aquí. De pronto una sombra negra se interpuso entre él y los rayos de sol que hasta entonces le habían estado calentando plácidamente. Levantó los ojos para ver quién osaba privarle del merecido placer de disfrutar del astro rey y se encontró con un muchacho de raza negra, de ojos inmensos y cara desnutrida, que le ofrecía una serie de películas en formato dvd. Lo miró de arriba a bajo como si fuera un bicho raro y acto seguido gritó al camarero. El muchacho, al ver la actitud, comprendió que podía tener problemas y desapareció. Cuando el camarero hizo acto de presencia, el hombre le preguntó indignado si en aquella terraza no se podía tomar una café tranquilo. El camarero compungido le pidió excusas, mientras trataba de explicarle que el paseo era un lugar de libre paso y que él no podía hacer nada para impedir aquel tipo de venta.
Sofocado por el incidente, el hombre pidió otro café y se dispuso a seguir leyendo el periódico. Al llegar a la sección de deportes, su cara se alegró, su equipo había ganado. En su equipo más de la mitad de los jugadores eran inmigrantes y algunos de raza negra, pero éstos no habían llegado en cayuco jugándose la vida.

