La Noche de Reyes
LA NOCHE DE REYES
Aquel día tampoco había habido suerte. Ya iba para más de dos semanas y Felicidad seguía con su abultada barriga esperando que lo que había de venir, viniera cuanto antes. Su madre, Araceli, daba vueltas a su alrededor como queriendo provocar el acontecimiento. Eran ya tantas las ganas que tenía, que no sabía que imaginar para acelerar el parto. Desde que la Felicidad había cumplido, ella había estado al lado de su hija cuidándola y esperando que todo saliera bien. Pero en aquella ocasión ni bien ni mal, no salía nada.
- ¿Pero estás segura de haber llevado bien las cuentas? – le preguntaba incrédula - . Mira que ya van para más de dos semanas.
- Que sí, madre, que las he llevado bien – respondía ella con cierta angustia contenida. Sabía que su madre llevaba muchos días fuera de casa y tenía muchas cosas que atender.
- Pues no lo entiendo – acababa diciendo.
- Madre, yo tampoco lo entiendo y ya no sé qué pensar.
Fuera hacía un frío invernal. Las montañas nevadas enviaban un viento helado que helaba la meseta. Unas nubes grises se paseaban por el cielo a gran velocidad camino del sur. Agustín, el futuro padre, entraba y salía de la casa sin decir nada y de vez en cuando se limitaba a avivar el fuego para que no faltara el calor.
De vez en cuando entraba alguna vecina para interesarse por el estado de la embarazada y la respuesta era la misma desde hacía dos semanas:
- De momento nada.
- ¿A ver si le va a tener miedo al frío?- decían
- Podría ser, pero en la casa lo que sobra es calor – respondía Agustín.
Araceli tomó la decisión nada más acabar de comer. La mujer estaba ya cansada de esperar y soltó lo que pensaba:
- Agustín, prepara la burra, que ésta se viene conmigo al pueblo y lo que haya de tener ya lo tendrá allí.
Agustín no dijo nada y se aprestó a preparar la caballería. Le colocó la silla y las alforjas y las bridas para guiarla. Mientras Araceli ya había recogido las cuatro cosas que metió en las alforjas y sin pensarlo más se pusieron en marcha.
Felicidad subida en lo alto de la burra y su madre, Araceli, abriendo el camino con paso lento. Tenían que hacer seis kilómetros por un camino de carros que iba de un valle al otro.
Llegaron cuando ya el sol remiso entre las nubes empezaba a decir adiós al día. El viaje había transcurrido sin percances. Tan solo el continuo traqueteo de la burra al caminar había hecho que Felicidad llegara un poco cansada. Cuando llegó a la casa de su madre, la casa en la que había que había vivido hasta que se había casado, era como si acabara de hacer un largo viaje.
Sentada en el banco de la cocina al calor del fuego notaba que lo que llevaba dentro le daba suaves pataditas, como si quisiera hacerse notar o llamar su atención. Ella hizo un gesto de sorpresa mientas esbozaba una sonrisa y dijo:
- Se ha movido.
- Eso es buena señal – dijo la abuela Araceli que ya se encontraba en su salsa revisando y organizando la casa – Eutimio, vete a llamar al médico a ver qué dice.
El abuelo, obediente y tranquilo, sin decir nada abandonó la cocina y el calor del hogar para encaminarse a casa del médico.
- Don Tomás, que dice mi mujer que si pede ir a ver a la chiguita que no acaba de dar a luz.
- ¿Pero aún no lo tuvo? – preguntó extrañado el médico.
- No, aún no.
- Bueno, ahora me paso.
Eutimio volvió con el recado y después de dar el aviso, salió de nuevo de la casa y se fue a atender a los animales: vacas, yeguas, ovejas. Los hombres castellanos, parcos en palabras, sabían cuando su presencia solo podía ser un estorbo. Además, preferían no estar presentes en los acontecimientos importantes de la vida.
Cuando llegó don Tomás, el médico, la abuela Araceli ya había ordenado la casa y lo tenía todo dispuesto para que pareciera un lugar organizado.
- A ver, ¿qué le pasa a la parturienta?
- Nada, que no acaba de dar a luz – dijo la abuela -, ya va para más de dos semanas que cumplió y así seguimos.
- Bueno, ahora la miro a ver.
Don Tomás, la auscultó durante unos segundos, tocando su abultada barriga por un lado y por otro, hasta que con voz autoritaria y decidida dijo:
- Ésta no pare hasta San Antonio.
- ¿Tan tarde, don Tomás? – preguntó la abuela Araceli.
- Como poco – aseveró con rotundidad.
- Bueno, que sea lo que Dios quiera, pero que sea para bien – dijo la abuela Araceli, conformada con lo que acababa de decir el médico del pueblo.
Felicidad, la futura madre, había asistido a la visita del doctor sin decir nada. ¿Quién era ella para contradecir la opinión de un médico? Sin embargo, seguía notando que en su vientre lo que había de venir se movía cada vez con más impaciencia. Tal vez el viaje, tal vez el ajetreo de la burra. No sabía qué pensar.
Se fue a dormir con la angustia normal por lo que esperaba y no acababa de llegar. Era no era primeriza, pero traer un hijo al mundo tenía sus riesgos y ella lo sabía bien, pues ya había perdido tres, aunque los tres habían llegado a ver la luz.
La noche era fría y oscura. Una noche de enero algo especial, pues era la noche de reyes. La noche de la ilusión de millones de niños en todo el mundo.
A las tantas de la madrugada, un grito desgarrador estremeció la noche: “Madre”.
La abuela Araceli se levantó presta a atender a su hija. Enseguida movilizó a su marido Eutimio para que fuera a buscar a la vecina experta en partos. Así era como funcionaban las cosas en aquellos años y en los pueblos de la España mísera de la posguerra.
Por suerte, todo salió bien y a la mañana siguiente, una mañana fría pero soleada, un niño recién nacido en la oscuridad de la noche respiraba los primeros aires del nuevo día.
Los demás niños del valle disfrutaban de los pequeños obsequios que los reyes les habían traído en aquella noche mágica. En casa de Araceli y Eutimio, un niño dibujaba la primera sonrisa, mientras la abuela, ya tranquila decía con sorna.
- Menos mal que no iba a parir hasta San Antonio. Anda, Eutimio, vete a la plaza y cuando venga la Eusebia le dices que ya llegó y que ha ido todo bien.
Al recién nacido le pusieron José Manuel, nombre poco común en aquella época, pero así fue para el resto de los años.
Aquel niño que nació la noche de Reyes, cuando éstos bajaban por el valle dejando alguna golosina en los zapatos esperanzados de los niños era yo que hoy me ha dado por recordar aquel mágico momento después de algunos años.
Aquel día tampoco había habido suerte. Ya iba para más de dos semanas y Felicidad seguía con su abultada barriga esperando que lo que había de venir, viniera cuanto antes. Su madre, Araceli, daba vueltas a su alrededor como queriendo provocar el acontecimiento. Eran ya tantas las ganas que tenía, que no sabía que imaginar para acelerar el parto. Desde que la Felicidad había cumplido, ella había estado al lado de su hija cuidándola y esperando que todo saliera bien. Pero en aquella ocasión ni bien ni mal, no salía nada.
- ¿Pero estás segura de haber llevado bien las cuentas? – le preguntaba incrédula - . Mira que ya van para más de dos semanas.
- Que sí, madre, que las he llevado bien – respondía ella con cierta angustia contenida. Sabía que su madre llevaba muchos días fuera de casa y tenía muchas cosas que atender.
- Pues no lo entiendo – acababa diciendo.
- Madre, yo tampoco lo entiendo y ya no sé qué pensar.
Fuera hacía un frío invernal. Las montañas nevadas enviaban un viento helado que helaba la meseta. Unas nubes grises se paseaban por el cielo a gran velocidad camino del sur. Agustín, el futuro padre, entraba y salía de la casa sin decir nada y de vez en cuando se limitaba a avivar el fuego para que no faltara el calor.
De vez en cuando entraba alguna vecina para interesarse por el estado de la embarazada y la respuesta era la misma desde hacía dos semanas:
- De momento nada.
- ¿A ver si le va a tener miedo al frío?- decían
- Podría ser, pero en la casa lo que sobra es calor – respondía Agustín.
Araceli tomó la decisión nada más acabar de comer. La mujer estaba ya cansada de esperar y soltó lo que pensaba:
- Agustín, prepara la burra, que ésta se viene conmigo al pueblo y lo que haya de tener ya lo tendrá allí.
Agustín no dijo nada y se aprestó a preparar la caballería. Le colocó la silla y las alforjas y las bridas para guiarla. Mientras Araceli ya había recogido las cuatro cosas que metió en las alforjas y sin pensarlo más se pusieron en marcha.
Felicidad subida en lo alto de la burra y su madre, Araceli, abriendo el camino con paso lento. Tenían que hacer seis kilómetros por un camino de carros que iba de un valle al otro.
Llegaron cuando ya el sol remiso entre las nubes empezaba a decir adiós al día. El viaje había transcurrido sin percances. Tan solo el continuo traqueteo de la burra al caminar había hecho que Felicidad llegara un poco cansada. Cuando llegó a la casa de su madre, la casa en la que había que había vivido hasta que se había casado, era como si acabara de hacer un largo viaje.
Sentada en el banco de la cocina al calor del fuego notaba que lo que llevaba dentro le daba suaves pataditas, como si quisiera hacerse notar o llamar su atención. Ella hizo un gesto de sorpresa mientas esbozaba una sonrisa y dijo:
- Se ha movido.
- Eso es buena señal – dijo la abuela Araceli que ya se encontraba en su salsa revisando y organizando la casa – Eutimio, vete a llamar al médico a ver qué dice.
El abuelo, obediente y tranquilo, sin decir nada abandonó la cocina y el calor del hogar para encaminarse a casa del médico.
- Don Tomás, que dice mi mujer que si pede ir a ver a la chiguita que no acaba de dar a luz.
- ¿Pero aún no lo tuvo? – preguntó extrañado el médico.
- No, aún no.
- Bueno, ahora me paso.
Eutimio volvió con el recado y después de dar el aviso, salió de nuevo de la casa y se fue a atender a los animales: vacas, yeguas, ovejas. Los hombres castellanos, parcos en palabras, sabían cuando su presencia solo podía ser un estorbo. Además, preferían no estar presentes en los acontecimientos importantes de la vida.
Cuando llegó don Tomás, el médico, la abuela Araceli ya había ordenado la casa y lo tenía todo dispuesto para que pareciera un lugar organizado.
- A ver, ¿qué le pasa a la parturienta?
- Nada, que no acaba de dar a luz – dijo la abuela -, ya va para más de dos semanas que cumplió y así seguimos.
- Bueno, ahora la miro a ver.
Don Tomás, la auscultó durante unos segundos, tocando su abultada barriga por un lado y por otro, hasta que con voz autoritaria y decidida dijo:
- Ésta no pare hasta San Antonio.
- ¿Tan tarde, don Tomás? – preguntó la abuela Araceli.
- Como poco – aseveró con rotundidad.
- Bueno, que sea lo que Dios quiera, pero que sea para bien – dijo la abuela Araceli, conformada con lo que acababa de decir el médico del pueblo.
Felicidad, la futura madre, había asistido a la visita del doctor sin decir nada. ¿Quién era ella para contradecir la opinión de un médico? Sin embargo, seguía notando que en su vientre lo que había de venir se movía cada vez con más impaciencia. Tal vez el viaje, tal vez el ajetreo de la burra. No sabía qué pensar.
Se fue a dormir con la angustia normal por lo que esperaba y no acababa de llegar. Era no era primeriza, pero traer un hijo al mundo tenía sus riesgos y ella lo sabía bien, pues ya había perdido tres, aunque los tres habían llegado a ver la luz.
La noche era fría y oscura. Una noche de enero algo especial, pues era la noche de reyes. La noche de la ilusión de millones de niños en todo el mundo.
A las tantas de la madrugada, un grito desgarrador estremeció la noche: “Madre”.
La abuela Araceli se levantó presta a atender a su hija. Enseguida movilizó a su marido Eutimio para que fuera a buscar a la vecina experta en partos. Así era como funcionaban las cosas en aquellos años y en los pueblos de la España mísera de la posguerra.
Por suerte, todo salió bien y a la mañana siguiente, una mañana fría pero soleada, un niño recién nacido en la oscuridad de la noche respiraba los primeros aires del nuevo día.
Los demás niños del valle disfrutaban de los pequeños obsequios que los reyes les habían traído en aquella noche mágica. En casa de Araceli y Eutimio, un niño dibujaba la primera sonrisa, mientras la abuela, ya tranquila decía con sorna.
- Menos mal que no iba a parir hasta San Antonio. Anda, Eutimio, vete a la plaza y cuando venga la Eusebia le dices que ya llegó y que ha ido todo bien.
Al recién nacido le pusieron José Manuel, nombre poco común en aquella época, pero así fue para el resto de los años.
Aquel niño que nació la noche de Reyes, cuando éstos bajaban por el valle dejando alguna golosina en los zapatos esperanzados de los niños era yo que hoy me ha dado por recordar aquel mágico momento después de algunos años.

