Una vida
De pronto la mujer se perdió entre las olas, el hombre que contemplaba el mar vio como agitaba una mano pidiendo ayuda. Sin pensarlo se lanzó al agua y nadó al límite de sus fuerzas. Cuando llegó, exhausto, la cogió por la cintura y levantó su cabeza para que no siguiera tragando agua. Nadó al límite de sus fuerzas hasta que pudo hacer pie y caminar con la mujer en brazos. Pesaba como un muerto y al llegar a la orilla la dejó sobre la arena, tomó aire y empezó a hacerle la respiración artificial. No lo había hecho nunca, pero había visto como se hacía en reportajes y en alguna película de cine. Pero aquello era de verdad y si no actuaba con rapidez, aquella persona podía morir.
Insuflaba aire de su boca a la boca de la mujer de forma rítmica e intentando seguir lo que recordaba, sin acelerarse y sin hacer paradas demasiado espaciadas. A su alrededor se había congregado un grupo de gente y una señora mayor lloriqueaba mientras decía “Probecilla, está muerta”. El hombre seguía bombeando aire con la intención de que llegara a los pulmones de la mujer que yacía sobre la arena.
Alguien del grupo llamó a la policía con su teléfono móvil, explicando lo que estaba pasando. El hombre seguía y seguía llenando de aire la boca de la mujer sin percatarse de otra cosa que no fuera salvar aquella vida. En un momento, la mujer pareció moverse y de su boca salió un hilillo de agua. Poco a poco expulsó más agua y más. El hombre sin saber muy bien qué hacer la incorporó y la mujer acabó expulsando una gran bocanada de agua. El hombre sonrió feliz y gritó “Vive, vive”. La mujer le miró con ojos aún vidriosos, justo en el momento que llegaba una dotación de la policía que se la llevaba y la introducía en una ambulancia.
El hombre, sentado sobre la arena a la orilla del mar vio como el coche se alejaba haciendo sonar una escandalosa sirena. El grupo de personas había comenzado a desfilar y tan solo la señora mayor se había quedado. Con un susurro le dijo”gracias por haberla salvado”. El hombre no contestó, pero sonrió y se sintió feliz.
Cuando se hubo quedado solo frente al mar, empezó a llorar y algunas lágrimas que caían de sus ojos se mezclaron con el agua del mar. Aquel hombre lloraba de felicidad sin que nadie lo supiera.
Insuflaba aire de su boca a la boca de la mujer de forma rítmica e intentando seguir lo que recordaba, sin acelerarse y sin hacer paradas demasiado espaciadas. A su alrededor se había congregado un grupo de gente y una señora mayor lloriqueaba mientras decía “Probecilla, está muerta”. El hombre seguía bombeando aire con la intención de que llegara a los pulmones de la mujer que yacía sobre la arena.
Alguien del grupo llamó a la policía con su teléfono móvil, explicando lo que estaba pasando. El hombre seguía y seguía llenando de aire la boca de la mujer sin percatarse de otra cosa que no fuera salvar aquella vida. En un momento, la mujer pareció moverse y de su boca salió un hilillo de agua. Poco a poco expulsó más agua y más. El hombre sin saber muy bien qué hacer la incorporó y la mujer acabó expulsando una gran bocanada de agua. El hombre sonrió feliz y gritó “Vive, vive”. La mujer le miró con ojos aún vidriosos, justo en el momento que llegaba una dotación de la policía que se la llevaba y la introducía en una ambulancia.
El hombre, sentado sobre la arena a la orilla del mar vio como el coche se alejaba haciendo sonar una escandalosa sirena. El grupo de personas había comenzado a desfilar y tan solo la señora mayor se había quedado. Con un susurro le dijo”gracias por haberla salvado”. El hombre no contestó, pero sonrió y se sintió feliz.
Cuando se hubo quedado solo frente al mar, empezó a llorar y algunas lágrimas que caían de sus ojos se mezclaron con el agua del mar. Aquel hombre lloraba de felicidad sin que nadie lo supiera.

