miércoles, 19 de abril de 2006

Una vida

De pronto la mujer se perdió entre las olas, el hombre que contemplaba el mar vio como agitaba una mano pidiendo ayuda. Sin pensarlo se lanzó al agua y nadó al límite de sus fuerzas. Cuando llegó, exhausto, la cogió por la cintura y levantó su cabeza para que no siguiera tragando agua. Nadó al límite de sus fuerzas hasta que pudo hacer pie y caminar con la mujer en brazos. Pesaba como un muerto y al llegar a la orilla la dejó sobre la arena, tomó aire y empezó a hacerle la respiración artificial. No lo había hecho nunca, pero había visto como se hacía en reportajes y en alguna película de cine. Pero aquello era de verdad y si no actuaba con rapidez, aquella persona podía morir.
Insuflaba aire de su boca a la boca de la mujer de forma rítmica e intentando seguir lo que recordaba, sin acelerarse y sin hacer paradas demasiado espaciadas. A su alrededor se había congregado un grupo de gente y una señora mayor lloriqueaba mientras decía “Probecilla, está muerta”. El hombre seguía bombeando aire con la intención de que llegara a los pulmones de la mujer que yacía sobre la arena.
Alguien del grupo llamó a la policía con su teléfono móvil, explicando lo que estaba pasando. El hombre seguía y seguía llenando de aire la boca de la mujer sin percatarse de otra cosa que no fuera salvar aquella vida. En un momento, la mujer pareció moverse y de su boca salió un hilillo de agua. Poco a poco expulsó más agua y más. El hombre sin saber muy bien qué hacer la incorporó y la mujer acabó expulsando una gran bocanada de agua. El hombre sonrió feliz y gritó “Vive, vive”. La mujer le miró con ojos aún vidriosos, justo en el momento que llegaba una dotación de la policía que se la llevaba y la introducía en una ambulancia.
El hombre, sentado sobre la arena a la orilla del mar vio como el coche se alejaba haciendo sonar una escandalosa sirena. El grupo de personas había comenzado a desfilar y tan solo la señora mayor se había quedado. Con un susurro le dijo”gracias por haberla salvado”. El hombre no contestó, pero sonrió y se sintió feliz.
Cuando se hubo quedado solo frente al mar, empezó a llorar y algunas lágrimas que caían de sus ojos se mezclaron con el agua del mar. Aquel hombre lloraba de felicidad sin que nadie lo supiera.

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Autor: Zizeblog
Fecha: sábado, 27 de mayo de 2006
Hora: 3:44

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