Sábado Santo
Son casi las once de la noche del sábado de pasión o sábado santo, según la cultura cristiana, que necesita de estas celebraciones para seguir sobreviviendo o subsistiendo. En la televisión, como cada sábado, programas para envilecer a la gente o para obligarla a poner en marcha el apagón analógico antes de que llegue por decreto. Fuera, en el cielo, las nubes se han adueñado del espacio de los sueños y de vez en cuando, dejan caer algunas gotas de agua como perlas de cristal que se deshacen al llegar al suelo, produciendo una ligera explosión que llena la noche de una música monótona, pero agradable.
No sé si la gente duerme o sueña. Tal vez en algún lugar del mundo sueñe y en otros duerma y en algunos, sin duda, esté viviendo con otra luz y con otra esperanza. Yo simplemente pienso. Hoy me ha dado por pensar y estoy haciendo un repaso de mi pasado. Me cuesta reconocer que de los sueños que tenía cuando era niño, solo algunos se han cumplido y otros, no se cumplirán nunca. Pero he hecho lo que he podido y seguro que el balance no ha sido negativo. Tal vez la culpa haya sido mía por no haber soñado otros sueños. Cuando uno es niño no tiene claro eso de los sueños y a veces se plantea cosas que después no tienen la importancia que tenían cuando uno era pequeño, pero no importa, gracias a aquellos sueños y a aquellas aspiraciones, mi vida nunca ha estado exenta de lucha, de esfuerzo y de afán por conseguirlas y mientras me esforzaba por lograr mis sueños, me sentía vivó y eso creo que me ha ayudado a ser diferente y a modelar mi manera de ser y de sentir.
Cuando niño, recuerdo, una noche como esta del sábado santo se hacía inmensamente larga, ya que hasta las doce de la noche no se celebraban los oficios religiosos y aguantar despierto hasta aquellas horas era un acto de resistencia. No hay que olvidar que de niño el tiempo no corría y las horas se hacían eternas en algunos momentos del día. Sin embargo, recuerdo muy poco de lo que se vivía o representaba en la iglesia. Y aunque el sacerdote insistía en lo de la resurrección de un tal Jesús, cosa que creía a pies juntillas porque así me hacían ver, nunca llegué a tenerlo claro que alguien que hubiera muerto pudiera volver a resucitar como si tal cosa, aunque a nadie se lo decía por si me podían llamar la atención. Cuando volvía a casa después del largo oficio, recuerdo que me dormía esperando que al día siguiente hubiera pasado alguna cosa especial, pero nunca pasaba nada y la vida seguía. Y por el norte, la cordillera de montañas seguía en su sitio y yo la miraba y me imaginaba qué habría detrás de ella y mi imaginación volaba y trataba de recrear otros mundos distintos a los que había vivido siempre. Curiosamente, siempre miraba hacia el norte, como si mi destino estuviera detrás de aquellas montañas que yo veía de un color violeta. Por el sur no había problemas porque todo era plano y el horizonte apenas si se distinguía.
Hoy, casi a la misma hora a la que tanto me costaba llegar cuando era niño, sigo despierto y de vez en cuando me asomo a mirar el cielo a ver si me regala alguna estrella, pero es inútil, todas deben estar en otros pueblos donde las necesitan más para seguir soñando. En la televisión, que tengo encendida sin sonido, unos muchachotes se pelean por una pelota en un campo de hierba verde. Debe ser la nueva religión.
De pronto me da por pensar en la gente que conozco y que quiero y sin saber por qué trato de imaginármelas y pienso en lo qué estarán haciendo mientras yo escribo. Seguro que alguna estará leyendo algún sueño que tuvo un escritor o escritora para hacer más llevadera la vida. Otras tal vez duerman o sueñen. Quizás algunas esperen que llegue la hora de la Resurrección. No lo sé.
Miro de nuevo la noche y me sigue negando la luz de las estrellas. Y recuerdo la voz de mi padre diciendo hace muchos años aquello de “hijo, vamos que llegamos tarde”, como si la puntualidad fuera algo importante en un tiempo y en un lugar donde la vida discurría tan despacio.
Trato de imaginar el momento y solo me acuerdo del lugar frío en el que por más que se esforzaba el sacerdote, nunca resucitaba nadie, aunque yo me iba a dormir creyendo siempre que era una noche especial.
No sé si la gente duerme o sueña. Tal vez en algún lugar del mundo sueñe y en otros duerma y en algunos, sin duda, esté viviendo con otra luz y con otra esperanza. Yo simplemente pienso. Hoy me ha dado por pensar y estoy haciendo un repaso de mi pasado. Me cuesta reconocer que de los sueños que tenía cuando era niño, solo algunos se han cumplido y otros, no se cumplirán nunca. Pero he hecho lo que he podido y seguro que el balance no ha sido negativo. Tal vez la culpa haya sido mía por no haber soñado otros sueños. Cuando uno es niño no tiene claro eso de los sueños y a veces se plantea cosas que después no tienen la importancia que tenían cuando uno era pequeño, pero no importa, gracias a aquellos sueños y a aquellas aspiraciones, mi vida nunca ha estado exenta de lucha, de esfuerzo y de afán por conseguirlas y mientras me esforzaba por lograr mis sueños, me sentía vivó y eso creo que me ha ayudado a ser diferente y a modelar mi manera de ser y de sentir.
Cuando niño, recuerdo, una noche como esta del sábado santo se hacía inmensamente larga, ya que hasta las doce de la noche no se celebraban los oficios religiosos y aguantar despierto hasta aquellas horas era un acto de resistencia. No hay que olvidar que de niño el tiempo no corría y las horas se hacían eternas en algunos momentos del día. Sin embargo, recuerdo muy poco de lo que se vivía o representaba en la iglesia. Y aunque el sacerdote insistía en lo de la resurrección de un tal Jesús, cosa que creía a pies juntillas porque así me hacían ver, nunca llegué a tenerlo claro que alguien que hubiera muerto pudiera volver a resucitar como si tal cosa, aunque a nadie se lo decía por si me podían llamar la atención. Cuando volvía a casa después del largo oficio, recuerdo que me dormía esperando que al día siguiente hubiera pasado alguna cosa especial, pero nunca pasaba nada y la vida seguía. Y por el norte, la cordillera de montañas seguía en su sitio y yo la miraba y me imaginaba qué habría detrás de ella y mi imaginación volaba y trataba de recrear otros mundos distintos a los que había vivido siempre. Curiosamente, siempre miraba hacia el norte, como si mi destino estuviera detrás de aquellas montañas que yo veía de un color violeta. Por el sur no había problemas porque todo era plano y el horizonte apenas si se distinguía.
Hoy, casi a la misma hora a la que tanto me costaba llegar cuando era niño, sigo despierto y de vez en cuando me asomo a mirar el cielo a ver si me regala alguna estrella, pero es inútil, todas deben estar en otros pueblos donde las necesitan más para seguir soñando. En la televisión, que tengo encendida sin sonido, unos muchachotes se pelean por una pelota en un campo de hierba verde. Debe ser la nueva religión.
De pronto me da por pensar en la gente que conozco y que quiero y sin saber por qué trato de imaginármelas y pienso en lo qué estarán haciendo mientras yo escribo. Seguro que alguna estará leyendo algún sueño que tuvo un escritor o escritora para hacer más llevadera la vida. Otras tal vez duerman o sueñen. Quizás algunas esperen que llegue la hora de la Resurrección. No lo sé.
Miro de nuevo la noche y me sigue negando la luz de las estrellas. Y recuerdo la voz de mi padre diciendo hace muchos años aquello de “hijo, vamos que llegamos tarde”, como si la puntualidad fuera algo importante en un tiempo y en un lugar donde la vida discurría tan despacio.
Trato de imaginar el momento y solo me acuerdo del lugar frío en el que por más que se esforzaba el sacerdote, nunca resucitaba nadie, aunque yo me iba a dormir creyendo siempre que era una noche especial.

