miércoles, 05 de abril de 2006

Desde el acantilado

El hombre había llegado paseando hasta la orilla del mar. Se encontraba en el acantilado y sus mirada cansada de buscar el más allá se perdía en la línea del horizonte. Una tenue niebla difuminaba aquel punto en el que escudriñaban los ojos del hombre solitario sin poder ver nada. Se cansó de mirar donde empezaba el más allá y sus ojos retrocedieron mansamente hacia la costa acompañando la cresta de una ola solitaria que se había formado de improviso.
Se puso nervioso al verla porque avanzaba sola en medio del mar tranquilo y sosegado. ¿Qué podía estar pasando?, se dijo. Cuando sus ojos excitados por la emoción llegaron a distinguir mejor la parte alta de la ola, pudo ver que en su lomo, como formando parte del agua, iba una mujer sentada.
Cerró los ojos pensando que aquello era irreal, que estaba sufriendo una alucinación. Cuando los abrió de nuevo, la ola se había acercado casi hasta la orilla. Ahora la distinguía mucho mejor, era una mujer de cabellos largos de color castaño y se dirigía hacia el lugar donde él hombre se encontraba. Movía una de sus manos a modo de saludo y el hombre, hizo lo mismo alzando uno de sus brazos y agitándolo nerviosamente.
La ola chocó violentamente contra las rocas del acantilado. El hombre se asustó pensando que la mujer también se habría estrellado contra el acantilado. Miró ansioso y durante unos largos segundos tuvo el corazón paralizado. El mar se había quedado de nuevo tranquilo y solo se veía la espuma de la ola al romper. Se le humedecieron los ojos ante el desastre que acababa de vivir y unas lágrimas silenciosas resbalaron por sus mejillas. De pronto, desde dentro de las aguas sosegadas, como si llegara del fondo del mar, emergió de nuevo la figura de la mujer. Le volvió a saludar alegremente y le sonrió con unos ojos inmensos y luminosos como la mañana. El hombre la contempló emocionado: estaba viva. Pero, al verla flotar asombrado contempló que no era una mujer como las normales, era una sirena.
Atraído por una fuerza irrefrenable, el hombre se lanzó al agua desde lo alto del acantilado. Y el hombre solitario y la sirena se perdieron para siempre en las profundidades del mar.

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