lunes, 03 de abril de 2006

El castillo encantado

Desde siempre había existido aquel castillo. El hombre lo recordaba desde niño, aunque ahora, con el paso de los años, ya no le parecía tan inmenso y misterioso. Los años dan una perspectiva diferente de las distancias y de los tamaños. Sin embargo, aún le seguía pareciendo un lugar lleno de misterio y de atractivo aventurero.
Una tarde de verano decidió ir a visitarlo una vez más por el simple hecho de pasar un rato. Caminó hasta el bosque en el que se encontraba y no tardó en dar con él, pues el camino seguía marcado en su memoria como cuando era niño. Al llegar y mirarlo entre los robles, le pareció un caserón. Estaba más deteriorado que la última vez que lo había visitado y parecía haberse empequeñecido. Los árboles le cubrían de sombras y la maleza se apoderaba de sus muros como si intentara escalar a lo más alto.
El hombre lo miró con ojos de niño y de mayor y entonces se dio cuenta una vez más de como el tiempo había pasado para los dos. El silencio reinante imponía respeto y tan solo era roto por el ruido de algún pájaro que sin duda alertaba de la visita.
El hombre entró por el agujero de la puerta principal y comenzó a recorrer los espacios vacíos en los que ya no quedaba ni un solo objeto que indicara que allí habían vivido personas en otros tiempos. De pronto, de una de las habitaciones salió un ligero ruido como si alguien estuviera durmiendo. Se acercó sigilosamente y con un cierto temor por si era algún animal que lo había tomado como guarida. Al asomar, echada sobre el suelo, vio a una mujer que dormía plácidamente, ajena a su presencia. La contempló durante unos minutos sin decir nada. Era una mujer de cabellos castaños y cara dulce y serena. Tenía los ojos cerrados y dormía sobre el duro suelo como si estuviera muy cansada. El hombre respetó su sueño y se sentó a su lado sin dejar de contemplarla. Se había convertido en su guardián improvisado.
Sin darse cuenta el hombre también se quedó dormido. Cuando despertó, miró intrigado y en la habitación no había nadie. Le pareció extraño y llamó a voces por si alguien le respondía, pero tan solo escuchó el eco de su voz. Pensó entonces que todo había sido un sueño y cuando ya estaba a punto de marchar se fijó que en el suelo donde estaba dormida la misteriosa mujer quedaban los pétalos blancos de una flor. Cogió algunos y los llevó a su nariz. Olían a azahar y aún no estaban marchitados.
Salió de la habitación y buscó por todos los rincones con la esperanza de encontrar a la misteriosa mujer, pero no vio a nadie. Decepcionado salió del castillo pensando en lo que había visto. El inicio del vuelo de un águila le sobresaltó. El hombre la miró fijamente mientras daba vueltas a escasa altura sobre él y pudo ver en sus ojos una sonrisa agradecida. Entonces lo supo, la mujer se había convertido en águila.
El águila se elevó hasta donde casi ya no se podía ver y emprendió su majestuoso vuelo hacia el este. El hombre se quedó mirándola hasta que la perdió de vista en el cielo.

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