Un día de invierno y de viento
El viento ululaba como un lobo hambriento. Aquella mañana de invierno hacía un frío polar. Bajaba del norte dando hachazos a diestro y siniestro como si fuera un verdugo sin corazón. El sol, que brillaba luminoso y radiante en lo alto de la bóveda celeste, contemplaba impasible sus bienes sufriendo las inclemencias del frío y el viento, pero poco o nada podía hacer ante aquella fuerza negativa. Los hombres, caminando por las calles, tratando de abrirse paso hacia cualquier parte. Los árboles, despojados de hojas unos, y vestidos de un verde oscuro y triste otros, meciendo sus brazos y a punto de ser desencajados de su cuerpo. Bajo un coche, un gato de mirada triste, contemplaba receloso mi caminar dificultoso, sin duda esperando, que le dejara tranquilo en su cobijo improvisado. No le dije nada, ni le hice nada, tan solo pensé en cómo habría pasado la noche el anónimo gato callejero.
Llegué al quiosco como pude y para mi desolación, el periódico que suelo comprar cada día no había llegado. El quiosquero me dijo que había habido problemas en los talleres y que saldría más tarde si es que llegaba. El buen hombre debía haber repetido lo mismo varias veces en lo que llevaba trabajando. Me fui sin comprar ningún otro diario. Suelo ser fiel y también lo soy con mi periódico. Decidí que podría esperar a que llegara y con cara de circunstancias me marché dejando al vendedor repitiendo la misma cantinela a otro osado cliente que se había atrevido a acercarse al quiosco.
De vuelta a casa, decidí pasar por el bar y tomarme un café. Lo suelo hacer siempre que voy a comprar el diario. Al cruzar la plaza abierta del barrio, aquella mañana extrañamente solitaria, una mujer avanzaba a duras penas en dirección contraria a la que yo llevaba. El fuerte viento la empujaba por detrás, revolviendo su poblada melena como si estuviera a punto de arrancarle el pelo. La mujer no sabía si atender a su pelo o a su falda que el impetuoso Eolo se obstinaba el descolocarla. La mujer venía directa a mí y aunque traté de esquivarla, acabó chocando conmigo, yendo los dos a parar al suelo. La situación era un tanto ridícula y absurda. La mujer había quedado sobre mí, como si fuéramos dos jugadores de rugby enzarzados en la obtención del balón avalado.
Allí tirados en medio del parque, ella me miró y comenzó a reír como una loca. Cuando pudimos desembarazarnos, nos levantamos, yo la aguanté para que no volviera a caer y ella me dijo que se dirigía a buscar el periódico, el mismo que yo había ido a buscar, pero que desistía de hacerlo. Entonces fui yo el que solté una carcajada y ella me miró confusa. Le dije que no había llegado y lo entendió.
Al intentar andar se quejó del golpe que se había dado en una rodilla. Andaba cojeando por lo que le ofrecí mi hombro. Caminábamos despacio, su mano alrededor de mi hombro y la mía alrededor de su cintura. No sé si simulaba su cojera o era real, pero a mi aquella situación me empezó a parecer del todo surrealista. No nos conocíamos de nada y allí estábamos aguantando los envites del viento, abrazados como una pareja de enamorados.
Llegamos al bar y entramos a tomar mi café. Ella se tomó otro y se empeñó en invitar. Al segundo le invité yo y allí estuvimos hablando de mil cosas absurdas durante más de media hora. Curiosamente, parecía que nos conociéramos de toda la vida.
Cuando dije de irme, ella también decidió marchar. Le pregunté por su rodilla y dijo que ya no le dolía tanto, pero que aún le molestaba. Salimos fuera y el viento seguía ululando como un poseso. En el cielo, el sol no conseguía borrar la sensación de frío y de nuevo nos enfrentamos a su fuerza.
Sin saber por qué, ella seguía caminando a mi lado. No le dije nada, pero empezaba a preocuparme seriamente. Temía que quisiera acompañarme a mi casa. Pasamos junto al gato o gata que seguía maullando debajo del coche. Yo le eché una mirada de conmiseración y estuve a punto de llevármelo a casa, pero no lo hice. Los animales me gustan en libertad, aunque sean de ciudad.
La mujer seguía caminando a mi lado y así siguió hasta que llegamos a mi portal. Para mi estupor, entró dentro y nos dirigimos al ascensor. Estaba a punto de salir corriendo, pero ella me dijo que hacía unos días que había venido a vivir al barrio y vivía precisamente en mi mismo bloque. Respiré tranquilo. Marqué mi piso y ella marcó el último. Cuando paró el ascensor nos despedimos. Ella me dijo que si alguna vez quería tomar un café, ya sabía dónde podía ir. Se lo agradecí y me fui a mi piso.
Durante buena parte del día estuve algo nervioso y aunque quería atribuirlo al mal tiempo y al viento que seguía ladrando como un perro tras los cristales, yo sabía muy bien a qué era debido.
Llegué al quiosco como pude y para mi desolación, el periódico que suelo comprar cada día no había llegado. El quiosquero me dijo que había habido problemas en los talleres y que saldría más tarde si es que llegaba. El buen hombre debía haber repetido lo mismo varias veces en lo que llevaba trabajando. Me fui sin comprar ningún otro diario. Suelo ser fiel y también lo soy con mi periódico. Decidí que podría esperar a que llegara y con cara de circunstancias me marché dejando al vendedor repitiendo la misma cantinela a otro osado cliente que se había atrevido a acercarse al quiosco.
De vuelta a casa, decidí pasar por el bar y tomarme un café. Lo suelo hacer siempre que voy a comprar el diario. Al cruzar la plaza abierta del barrio, aquella mañana extrañamente solitaria, una mujer avanzaba a duras penas en dirección contraria a la que yo llevaba. El fuerte viento la empujaba por detrás, revolviendo su poblada melena como si estuviera a punto de arrancarle el pelo. La mujer no sabía si atender a su pelo o a su falda que el impetuoso Eolo se obstinaba el descolocarla. La mujer venía directa a mí y aunque traté de esquivarla, acabó chocando conmigo, yendo los dos a parar al suelo. La situación era un tanto ridícula y absurda. La mujer había quedado sobre mí, como si fuéramos dos jugadores de rugby enzarzados en la obtención del balón avalado.
Allí tirados en medio del parque, ella me miró y comenzó a reír como una loca. Cuando pudimos desembarazarnos, nos levantamos, yo la aguanté para que no volviera a caer y ella me dijo que se dirigía a buscar el periódico, el mismo que yo había ido a buscar, pero que desistía de hacerlo. Entonces fui yo el que solté una carcajada y ella me miró confusa. Le dije que no había llegado y lo entendió.
Al intentar andar se quejó del golpe que se había dado en una rodilla. Andaba cojeando por lo que le ofrecí mi hombro. Caminábamos despacio, su mano alrededor de mi hombro y la mía alrededor de su cintura. No sé si simulaba su cojera o era real, pero a mi aquella situación me empezó a parecer del todo surrealista. No nos conocíamos de nada y allí estábamos aguantando los envites del viento, abrazados como una pareja de enamorados.
Llegamos al bar y entramos a tomar mi café. Ella se tomó otro y se empeñó en invitar. Al segundo le invité yo y allí estuvimos hablando de mil cosas absurdas durante más de media hora. Curiosamente, parecía que nos conociéramos de toda la vida.
Cuando dije de irme, ella también decidió marchar. Le pregunté por su rodilla y dijo que ya no le dolía tanto, pero que aún le molestaba. Salimos fuera y el viento seguía ululando como un poseso. En el cielo, el sol no conseguía borrar la sensación de frío y de nuevo nos enfrentamos a su fuerza.
Sin saber por qué, ella seguía caminando a mi lado. No le dije nada, pero empezaba a preocuparme seriamente. Temía que quisiera acompañarme a mi casa. Pasamos junto al gato o gata que seguía maullando debajo del coche. Yo le eché una mirada de conmiseración y estuve a punto de llevármelo a casa, pero no lo hice. Los animales me gustan en libertad, aunque sean de ciudad.
La mujer seguía caminando a mi lado y así siguió hasta que llegamos a mi portal. Para mi estupor, entró dentro y nos dirigimos al ascensor. Estaba a punto de salir corriendo, pero ella me dijo que hacía unos días que había venido a vivir al barrio y vivía precisamente en mi mismo bloque. Respiré tranquilo. Marqué mi piso y ella marcó el último. Cuando paró el ascensor nos despedimos. Ella me dijo que si alguna vez quería tomar un café, ya sabía dónde podía ir. Se lo agradecí y me fui a mi piso.
Durante buena parte del día estuve algo nervioso y aunque quería atribuirlo al mal tiempo y al viento que seguía ladrando como un perro tras los cristales, yo sabía muy bien a qué era debido.

