Recuerdo de la nieve
A veces recuerdo con nostalgia los años de mi infancia. En la memoria de mis sueños se retratan algunos de aquellos días cuando aún no sabía que existía el mundo. Una imagen que se me revela como una fotografía más en blanco que en negro es la de la nieve cubriendo el valle con un manto blanco e inmaculado. Llegaba casi siempre de noche y tenía la capacidad y la magia de sorprenderme. Cuando me levantaba para ir a la escuela, una claridad blanquecina entraba por la rendija de la contraventana. Sin que nadie me lo dijera sabía que había nevado. Me asomaba a la mañana y tras el cristal la miraba con ojos de niño. Allí estaba blanca y pura, esperándome en silencio.
Antes de comer las sopas de ajo que mi madre había preparado como cada mañana, salía al patio y comenzaba a caminar dejando las huellas de mis botas marcadas en ella. Luego miraba las pisadas y pensaba ingenuamente que había dibujado con ellas un camino que nunca se borraría. Me quedaba quieto mirando a mi alrededor y trataba de escuchar el canto de algún gorrión. No se oía nada y me preguntaba dónde se podían haber metido los pardales que cada mañana me despertaban con su algarabía de trinos alocados, aunque fuera invierno. Siempre pensaba que los pájaros estaban preparados para vivir al aire libre sin problemas. Seguro que estaban escondidos en algún alero, contemplando ensimismados la sábana blanca que todo lo cubría. Después cogía un poco de nieve con mis manos pequeñas y la llevaba a la boca para sentir su caricia. Era como un beso blanco que se derretía al contacto con mis labios.
Entraba en la casa y me acercaba al fuego sin dejar de mirar por la ventana. Tenía miedo de que la nieve pudiera desaparecer de la misma manera que había aparecido. Mi madre me recordaba que tenía que ir a la escuela y yo, ingenuamente le decía que había nevado, como si fuera lo más importante que podía llegar a pasar.
La campana de la iglesia llamando a misa me devolvía a la realidad. Su toque soñaba extraño. Parecía que surgiera de las entrañas blancas de la tierra y se sentía con más fuerza que cualquier otro día.
Cuando salía de casa, mi padre y los demás padres del pueblo ya habían abierto senderos por todas las calles. Con mi cabás de cartón duro y la pizarra llena de multiplicaciones y divisiones me dirigía a la escuela. Por el camino albergaba la infantil esperanza de que el maestro no pudiera venir y así poder disfrutar del regalo que el cielo nos acababa de hacer. Pero el maestro, como un niño grande, siempre llegaba y nos hacía entrar en la clase aunque hubiera nevado.
Por suerte, la nieve de mi infancia duraba días y días y aunque perdiera algo su blancura inicial, había muchas horas para jugar con ella.
Ahora, cuando recuerdo aquellos días de nieve, siento que la vida se me escapa poco a poco y la echo de menos en mi memoria. Y hasta pienso que me gustaría volver a nacer en el mismo sitio solo por volver a jugar con ella y escribir caminos sobre su piel blanca. Caminos que no llevaban a ninguna parte como no fuera al mundo de los sueños.
Antes de comer las sopas de ajo que mi madre había preparado como cada mañana, salía al patio y comenzaba a caminar dejando las huellas de mis botas marcadas en ella. Luego miraba las pisadas y pensaba ingenuamente que había dibujado con ellas un camino que nunca se borraría. Me quedaba quieto mirando a mi alrededor y trataba de escuchar el canto de algún gorrión. No se oía nada y me preguntaba dónde se podían haber metido los pardales que cada mañana me despertaban con su algarabía de trinos alocados, aunque fuera invierno. Siempre pensaba que los pájaros estaban preparados para vivir al aire libre sin problemas. Seguro que estaban escondidos en algún alero, contemplando ensimismados la sábana blanca que todo lo cubría. Después cogía un poco de nieve con mis manos pequeñas y la llevaba a la boca para sentir su caricia. Era como un beso blanco que se derretía al contacto con mis labios.
Entraba en la casa y me acercaba al fuego sin dejar de mirar por la ventana. Tenía miedo de que la nieve pudiera desaparecer de la misma manera que había aparecido. Mi madre me recordaba que tenía que ir a la escuela y yo, ingenuamente le decía que había nevado, como si fuera lo más importante que podía llegar a pasar.
La campana de la iglesia llamando a misa me devolvía a la realidad. Su toque soñaba extraño. Parecía que surgiera de las entrañas blancas de la tierra y se sentía con más fuerza que cualquier otro día.
Cuando salía de casa, mi padre y los demás padres del pueblo ya habían abierto senderos por todas las calles. Con mi cabás de cartón duro y la pizarra llena de multiplicaciones y divisiones me dirigía a la escuela. Por el camino albergaba la infantil esperanza de que el maestro no pudiera venir y así poder disfrutar del regalo que el cielo nos acababa de hacer. Pero el maestro, como un niño grande, siempre llegaba y nos hacía entrar en la clase aunque hubiera nevado.
Por suerte, la nieve de mi infancia duraba días y días y aunque perdiera algo su blancura inicial, había muchas horas para jugar con ella.
Ahora, cuando recuerdo aquellos días de nieve, siento que la vida se me escapa poco a poco y la echo de menos en mi memoria. Y hasta pienso que me gustaría volver a nacer en el mismo sitio solo por volver a jugar con ella y escribir caminos sobre su piel blanca. Caminos que no llevaban a ninguna parte como no fuera al mundo de los sueños.

