El leve susurro del viento
El viento al atardecer se ha convertido en un fiel compañero del hombre, que taciturno y solitario se deja mecer entre sus brazos de aire cálido por el calor del sol. Sentado bajo un árbol centenario se deja inundar por su caricia leve y tierna. Le abre las puertas de su corazón y le invita pasar.
Hay veces que cree escuchar su voz y oír palabras de consuelo. Cuando percibe su saludo, todo su cuerpo se enerva y se transforma su semblante. Cree oír que le habla con susurros y le escucha, porque lo que le dice alegra su corazón y disipa su silencio interior.
El hombre, en su locura, ha llegado a escuchar palabras de amor en las palabras del viento. Y piensa que son ciertas, porque vienen de muy lejos y bien pudiera ser que su amigo mensajero se las traiga de verdad.
Cuando se calma y se queda en silencio, el hombre le pregunta por qué no habla. Y a veces el viento no responde y le hace sufrir con su silencio.
El hombre se conforma y espera de nuevo y de nuevo vuelve con su susurro lento. Primero son las hojas las que cantan, después le envuelve con su halo como si le dejara un cálido beso sobre los ojos abiertos, sobre los labios secos y sedientos y acaba llamando a la puerta de su corazón para traerle de nuevo mil recuerdos.
El hombre y el viento, juntos cuando la tarde se va y los últimos rayos de sol escriben los primeros colores del crepúsculo. El hombre solitario y ya alegre se dejar mecer entre los brazos del viento y escucha el susurro leve que su amigo trae del este por las tardes.
Hay veces que cree escuchar su voz y oír palabras de consuelo. Cuando percibe su saludo, todo su cuerpo se enerva y se transforma su semblante. Cree oír que le habla con susurros y le escucha, porque lo que le dice alegra su corazón y disipa su silencio interior.
El hombre, en su locura, ha llegado a escuchar palabras de amor en las palabras del viento. Y piensa que son ciertas, porque vienen de muy lejos y bien pudiera ser que su amigo mensajero se las traiga de verdad.
Cuando se calma y se queda en silencio, el hombre le pregunta por qué no habla. Y a veces el viento no responde y le hace sufrir con su silencio.
El hombre se conforma y espera de nuevo y de nuevo vuelve con su susurro lento. Primero son las hojas las que cantan, después le envuelve con su halo como si le dejara un cálido beso sobre los ojos abiertos, sobre los labios secos y sedientos y acaba llamando a la puerta de su corazón para traerle de nuevo mil recuerdos.
El hombre y el viento, juntos cuando la tarde se va y los últimos rayos de sol escriben los primeros colores del crepúsculo. El hombre solitario y ya alegre se dejar mecer entre los brazos del viento y escucha el susurro leve que su amigo trae del este por las tardes.

