El pirata y la reina del mar
Érase una vez un pirata que había viajado por todos los mares de la tierra, desafiando a la ley y a la justicia y robando a los expoliadores de los pobres todo lo que su fuerza y su valor le habían permitido.
El fruto de sus robos lo guardaba en una isla perdida en medio del mar y después de varios años de pillaje, su fortuna era inmensa, aunque no le servía para mucho, pues no podía disfrutarla ni tampoco le valía para cambiar su vida.
Un día de otoño, cuando los vientos alisios soplan con tanta fuerza, el barco en el que navegaba fue víctima de una tempestad y acabó desarbolado y hundiéndose en las profundas aguas del océano. La tripulación ante semejante tormenta trató de salvarse y todos se lanzaron al agua, esperando agarrarse a alguna tabla o algún madero del barco que por momentos se iba desintegrando con la fuerza del oleaje. La mayoría murieron engullidos por las olas y tan solo unos pocos pudieron subirse a algún trozo de madera. Entre los que sobrevivieron estaba el pirata solitario.
Subido en un pedazo de tabla del puente del barco, el pirata se dejó arrastrar por las olas y el viento. Como pudo improvisó una especie de vela con un trozo de las velas del barco. Pronto se dio cuenta que el viento le llevaba hacia el oeste y trató de navegar siguiendo el sol y las estrellas. Sin embargo, el frío, la sed y el hambre acabaron minando su resistencia y cuando no pudo más, tumbado sobre la improvisada balsa decidió esperar la muerte. Se sumió en un sueño profundo y se dejó llevar.
No sabía cuánto tiempo había pasado, pero cuando despertó se encontró acostado en una mullida cama dentro de lo que parecía la habitación de una casa. Todo parecía tranquilo y el pirata se pellizcó para asegurarse de que no estaba soñando. Se alegró de estar vivo.
De pronto se abrió la puerta de la habitación y por ella entró una mujer. El pirata nunca había visto nada tan hermoso. Intentó esbozar una sonrisa, pero le dolía la cara por las quemaduras y su sonrisa se convirtió en una mueca de dolor. La mujer le devolvió la sonrisa y se acercó hasta él con una bandeja llena de comida y bebida.
El pirata se volvió a frotar los ojos, pues de nuevo creía que estaba soñando o delirando. Cuando se cercioró de que todo era real, pensó que tal vez estuviera sufriendo algún encantamiento. Desechó la idea al sentir el maravilloso olor a azahar que desprendía aquella mujer. Conocía aquel olor por haberlo percibido en alguna de sus correrías por el Mediterráneo.
Comió y bebió hasta saciarse de la necesidad que tenía su cuerpo mientras ella le contemplaba con ojos dulces y protectores. Después, como invadido por una fuerza superior, su cuerpo se abandonó de nuevo al sueño y no pudo llegar a sentir la caricia que la mujer le hizo al pasarle la mano por su cara llena de heridas y quemaduras.
Despertó al cabo de muchas horas y se notó totalmente recuperado. Era de noche y al mirar por la ventana vio el cielo lleno de estrellas y la luna vigilante en lo alto. Decidió salir a dar un paseo y volver a caminar, no sabía cuanto tiempo llevaba en aquel lugar.
Salió de la casa y aunque todo estaba en silencio, oyó el ruido de las olas chocando contra los acantilados. Pensó que sería algún lugar de costa y aquello le gustó pues seguía estando cerca del mar. Caminó casi a ciegas siguiendo el murmullo del mar y llegó hasta lo alto del acantilado. Allí se sintió de nuevo libre y vivo.
De pronto distinguió una forma blanca a unos metros que se recortaba a la luz de la luna y las estrellas. Se acercó cauteloso hasta ella. Entonces le llegó un suave olor a sal y a azahar que le inundó el corazón.
Cuando llegó a su lado vio que era la mujer que le había cuidado. Estaba quieta y silenciosa mirando al cielo. Se sentó a su lado y se quedó en silencio impregnándose de su presencia.
El pirata cogió la mano de la mujer y la retuvo entre la suya sin decir nada. Le gustaba sentir el calor de aquella piel y su suavidad. Ninguno de los dos quería hablar y así estuvieron mirando el mar y las estrellas hasta que llegó el alba.
Con la luz del día supo el pirata que aquel lugar era una isla. Durante el tiempo que permaneció en ella se enteró de que aquella mujer era el único habitante de la isla. Había llegado a ella después de un naufragio junto a su padre, pero éste había fallecido hacía algunos meses y se encontraba sola. La isla tenía de todo y la mujer se había habituado a ella y había aprendido a sobrevivir.
Con el paso de los días el pirata se dio cuenta de que ya nunca podría separarse de aquella mujer y así se lo hizo saber una tarde en el acantilado al que iban a ver ponerse el sol. Ella, al oírle, se refugió entre sus brazos y lloró. El pirata secó sus lágrimas con los labios.
Y se quedaron en la isla para siempre. El pirata pensó alguna vez en ir a recuperar sus tesoros, pero nunca lo hizo porque había encontrado el mejor tesoro de su vida y no lo iba a abandonar. Y así fue como el pirata y la reina del mar vivieron felices.
El fruto de sus robos lo guardaba en una isla perdida en medio del mar y después de varios años de pillaje, su fortuna era inmensa, aunque no le servía para mucho, pues no podía disfrutarla ni tampoco le valía para cambiar su vida.
Un día de otoño, cuando los vientos alisios soplan con tanta fuerza, el barco en el que navegaba fue víctima de una tempestad y acabó desarbolado y hundiéndose en las profundas aguas del océano. La tripulación ante semejante tormenta trató de salvarse y todos se lanzaron al agua, esperando agarrarse a alguna tabla o algún madero del barco que por momentos se iba desintegrando con la fuerza del oleaje. La mayoría murieron engullidos por las olas y tan solo unos pocos pudieron subirse a algún trozo de madera. Entre los que sobrevivieron estaba el pirata solitario.
Subido en un pedazo de tabla del puente del barco, el pirata se dejó arrastrar por las olas y el viento. Como pudo improvisó una especie de vela con un trozo de las velas del barco. Pronto se dio cuenta que el viento le llevaba hacia el oeste y trató de navegar siguiendo el sol y las estrellas. Sin embargo, el frío, la sed y el hambre acabaron minando su resistencia y cuando no pudo más, tumbado sobre la improvisada balsa decidió esperar la muerte. Se sumió en un sueño profundo y se dejó llevar.
No sabía cuánto tiempo había pasado, pero cuando despertó se encontró acostado en una mullida cama dentro de lo que parecía la habitación de una casa. Todo parecía tranquilo y el pirata se pellizcó para asegurarse de que no estaba soñando. Se alegró de estar vivo.
De pronto se abrió la puerta de la habitación y por ella entró una mujer. El pirata nunca había visto nada tan hermoso. Intentó esbozar una sonrisa, pero le dolía la cara por las quemaduras y su sonrisa se convirtió en una mueca de dolor. La mujer le devolvió la sonrisa y se acercó hasta él con una bandeja llena de comida y bebida.
El pirata se volvió a frotar los ojos, pues de nuevo creía que estaba soñando o delirando. Cuando se cercioró de que todo era real, pensó que tal vez estuviera sufriendo algún encantamiento. Desechó la idea al sentir el maravilloso olor a azahar que desprendía aquella mujer. Conocía aquel olor por haberlo percibido en alguna de sus correrías por el Mediterráneo.
Comió y bebió hasta saciarse de la necesidad que tenía su cuerpo mientras ella le contemplaba con ojos dulces y protectores. Después, como invadido por una fuerza superior, su cuerpo se abandonó de nuevo al sueño y no pudo llegar a sentir la caricia que la mujer le hizo al pasarle la mano por su cara llena de heridas y quemaduras.
Despertó al cabo de muchas horas y se notó totalmente recuperado. Era de noche y al mirar por la ventana vio el cielo lleno de estrellas y la luna vigilante en lo alto. Decidió salir a dar un paseo y volver a caminar, no sabía cuanto tiempo llevaba en aquel lugar.
Salió de la casa y aunque todo estaba en silencio, oyó el ruido de las olas chocando contra los acantilados. Pensó que sería algún lugar de costa y aquello le gustó pues seguía estando cerca del mar. Caminó casi a ciegas siguiendo el murmullo del mar y llegó hasta lo alto del acantilado. Allí se sintió de nuevo libre y vivo.
De pronto distinguió una forma blanca a unos metros que se recortaba a la luz de la luna y las estrellas. Se acercó cauteloso hasta ella. Entonces le llegó un suave olor a sal y a azahar que le inundó el corazón.
Cuando llegó a su lado vio que era la mujer que le había cuidado. Estaba quieta y silenciosa mirando al cielo. Se sentó a su lado y se quedó en silencio impregnándose de su presencia.
El pirata cogió la mano de la mujer y la retuvo entre la suya sin decir nada. Le gustaba sentir el calor de aquella piel y su suavidad. Ninguno de los dos quería hablar y así estuvieron mirando el mar y las estrellas hasta que llegó el alba.
Con la luz del día supo el pirata que aquel lugar era una isla. Durante el tiempo que permaneció en ella se enteró de que aquella mujer era el único habitante de la isla. Había llegado a ella después de un naufragio junto a su padre, pero éste había fallecido hacía algunos meses y se encontraba sola. La isla tenía de todo y la mujer se había habituado a ella y había aprendido a sobrevivir.
Con el paso de los días el pirata se dio cuenta de que ya nunca podría separarse de aquella mujer y así se lo hizo saber una tarde en el acantilado al que iban a ver ponerse el sol. Ella, al oírle, se refugió entre sus brazos y lloró. El pirata secó sus lágrimas con los labios.
Y se quedaron en la isla para siempre. El pirata pensó alguna vez en ir a recuperar sus tesoros, pero nunca lo hizo porque había encontrado el mejor tesoro de su vida y no lo iba a abandonar. Y así fue como el pirata y la reina del mar vivieron felices.

