La niña que quería ver salir el sol
LA NIÑA QUE QUERIA VER SALIR EL SOL
La niña quería ver salir el sol, pero cada mañana, cuando sus ojos de inocencia se abrían, el sol ya había recorrido un buen trecho de su paseo diario. La niña lo miraba y no podía verlo, pues hería sus ojos y siempre se decía que algún día se levantaría temprano para verlo nacer.
Una noche, antes de acostarse, le dijo al hombre que la despertara. El hombre se levantaba siempre pronto, pues le gustaba confundirse con el silencio y el crepúsculo. Cuando llegó la hora mágica, despertó a la niña, que con ojos aún dormidos se acodó en la ventana que daba al levante.
Por el horizonte de la línea formada por los montes, un tenue resplandor apuntaba en silencio, como una hoguera recién encendida. La suave luz hizo que en el rostro de la niña se dibujara una sonrisa aún somnolienta. Nunca había visto nacer al sol.
El hombre la contemplaba embelesado. Aquel momento mágico lo había vivido él cuando fue niño y pensó si produciría la misma emoción en aquella niña que miraba fijamente desde la ventana de su habitación.
Cuando el sol se empezó a dibujar en el azul, la niña lo miró fijamente unos segundos y cerrando los ojos dijo que era muy grande y muy bonito. Su voz era queda y casi un murmullo.
El hombre le dijo que había asistido al nacimiento de la vida que se producía cada día desde hacía millones de años. Ella no dijo nada, pero le miró como si lo que acaba de oír fuera imposible. Luego, cerró la ventana y se volvió a acostar. El hombre, antes de salir de la habitación otra vez oscura, creyó ver un fugaz reflejo del sol en los ojos de la niña que poco a poco se iba apagando mientras los cerraba para seguir soñando.
La niña quería ver salir el sol, pero cada mañana, cuando sus ojos de inocencia se abrían, el sol ya había recorrido un buen trecho de su paseo diario. La niña lo miraba y no podía verlo, pues hería sus ojos y siempre se decía que algún día se levantaría temprano para verlo nacer.
Una noche, antes de acostarse, le dijo al hombre que la despertara. El hombre se levantaba siempre pronto, pues le gustaba confundirse con el silencio y el crepúsculo. Cuando llegó la hora mágica, despertó a la niña, que con ojos aún dormidos se acodó en la ventana que daba al levante.
Por el horizonte de la línea formada por los montes, un tenue resplandor apuntaba en silencio, como una hoguera recién encendida. La suave luz hizo que en el rostro de la niña se dibujara una sonrisa aún somnolienta. Nunca había visto nacer al sol.
El hombre la contemplaba embelesado. Aquel momento mágico lo había vivido él cuando fue niño y pensó si produciría la misma emoción en aquella niña que miraba fijamente desde la ventana de su habitación.
Cuando el sol se empezó a dibujar en el azul, la niña lo miró fijamente unos segundos y cerrando los ojos dijo que era muy grande y muy bonito. Su voz era queda y casi un murmullo.
El hombre le dijo que había asistido al nacimiento de la vida que se producía cada día desde hacía millones de años. Ella no dijo nada, pero le miró como si lo que acaba de oír fuera imposible. Luego, cerró la ventana y se volvió a acostar. El hombre, antes de salir de la habitación otra vez oscura, creyó ver un fugaz reflejo del sol en los ojos de la niña que poco a poco se iba apagando mientras los cerraba para seguir soñando.

